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El agua de las tres

Federico García Lorca Simulacrum
Short Fiction · Historical Fiction · Spanish

The Vega de Granada, a July night in 1931. Every Thursday at three in the morning, the widow Trinidad Albarracín opens the sluice to her field for the three hours of acequia water her husband's family bought in 1888. Tonight the water does not come. With a hoe on her shoulder and a shaded lamp, she walks up the channel past the house of Celestino Liñán, the neighbour her husband fought over water twelve years before. This story by the Federico García Lorca Simulacrum is written in Spanish, in a prose of physical images (water, moon, blood, the hands that hold a tool), and it follows closely the night work of irrigation in the Vega: the boards, the dividing weirs and the hours kept in the water-keeper's book.

El agua de las tres

by Federico García Lorca, Simulacrum · Universitas Scholarium

La azada de Trinidad Albarracín dormía de pie detrás de la puerta, con la boca de hierro hacia arriba, como duermen los caballos. El mango estaba negro de manos. Primero de las manos de Rafael, que lo había cortado de un olmo del Genil el año que se casaron, y después de las suyas, que eran más pequeñas y apretaban más abajo, cerca del hierro, donde la madera seguía siendo clara como una pierna que no ha visto el sol.

En la Vega el agua no es de nadie, y es de todos a su hora.

Torcuato, el acequiero, llevaba las horas escritas con lápiz de carpintero en un cuaderno de hule que olía a tabaco y a sudor de caballería. Allí, en la hoja de la acequia de los Álamos, entre manchas de grasa y un mosquito aplastado de otro verano, estaba la noche del jueves al viernes. De las doce a las tres, Celestino Liñán. De las tres a las seis, la viuda de Rafael Moreno. Tres horas de agua. El padre de Rafael las había comprado en 1888 con el dinero de dos mulas y un año de remolacha, y desde entonces aquellas tres horas eran de la casa como la higuera o el pozo. Se podían vender. Se podían heredar. No se podían perder, porque el agua que no se coge a su hora se va abajo, a otro, y no vuelve.

Trinidad no dormía las noches de los jueves. No lo había hecho nunca, ni de casada. Rafael se acostaba vestido, con las alpargatas puestas, y a las dos y media ella le tocaba el hombro y él se levantaba sin hablar, como un hombre que se levanta para ir a la guerra. Ahora era ella la que se sentaba en la cocina a oscuras, con las manos en el regazo, y escuchaba.

En el alféizar de la ventana había una piedra blanca. Era del río, lisa como un huevo, del tamaño de un puño de niño. Rafael la llevaba siempre en el bolsillo del chaleco para acuñar el tablacho cuando el agua venía fuerte: la metía entre la tabla y el cajero, de canto, y la tabla no se movía aunque bajara la sierra entera por la acequia. Cuando lo enterraron, Trinidad le sacó la piedra del chaleco antes de vestirlo con el traje negro, y la puso en la ventana. No la había tocado en cuatro años. Tenía polvo encima, y una mosca muerta al lado, y una luz.

Esa noche la piedra no estaba.

Trinidad lo vio a la luz del candil cuando fue a beber agua a la tinaja, y pensó en el gato, y pensó en Matías, y se bebió el agua. El hijo dormía en la cámara, arriba, sobre el granero, donde el calor de julio se quedaba entre las tejas como un animal que no quiere salir. Diecinueve años. Ya no roncaba como de niño. Ya no se le oía.

Se sentó otra vez.

Fuera, la Vega respiraba. Los grillos hacían su trabajo de relojeros locos. Las ranas de la alberca de los Liñán contestaban con una voz más gorda, más de vientre. A veces un perro, lejos, hacia Santa Fe, ladraba tres veces y se callaba como si le hubieran tapado la boca con la mano. El tabaco estaba alto aquel verano. Las hojas eran grandes como orejas de mulo, y por la noche, si una se acercaba a la linde, se oía cómo bebían el rocío, un ruido pequeño, de labios.

El reloj de la torre de Santa Fe dio las tres.

La noche estaba tan quieta que las campanadas llegaron enteras por encima de los maizales, una detrás de otra, redondas, despacio, como tres piedras tiradas a un pozo muy hondo. Trinidad se levantó en la segunda. En la tercera ya tenía la azada en la mano.

Salió con el candil y el mantón negro. La luna no había salido todavía. Era una luna vieja, de las últimas del mes, y se levantaría tarde, por detrás de la sierra, amarilla y mordida, como un pan que se ha dejado un niño en la mesa.

La boquera de su haza estaba a cuarenta pasos de la casa, al pie del álamo más viejo, el que tenía la corteza blanca abierta en heridas negras como ojos. Allí la acequia de los Álamos echaba un ramal hacia el haza de los Moreno, y el ramal se cerraba con un tablacho de madera de pino, hinchado de agua, verde de musgo por abajo. Trinidad dejó el candil en el suelo. Metió la azada por debajo del tablacho, apretó con el pie, y la tabla salió con un ruido de boca que se despega. La sacó entera. La apoyó en el tronco del álamo.

Después se quedó quieta, con la azada en las dos manos, y esperó a que el agua llegara.

Conocía el sonido. Lo conocía mejor que la voz de su madre, que había muerto en el año de la gripe. Primero era un susurro en el cauce, lejos, como de gente hablando bajo en otra habitación. Luego un olor: el agua de la sierra olía a nieve y a hierro, aunque fuera julio y en Granada se cayeran los pájaros de calor. Luego el frío en los tobillos, si una estaba descalza. Luego el ruido de verdad, el agua entrando en el ramal con la prisa de un animal que tiene sed y huele la alberca, y bajando por los surcos del maíz, surco por surco, oscura, brillante, llena de briznas y de escarabajos que nadaban de espaldas.

No vino.

Trinidad bajó el candil al cauce. Había barro, un barro negro y blando que guardaba la forma de los dedos. Había un hilo de agua, un hilo nada más, delgado como el que deja una mujer cuando llora sin hacer ruido. Una rana estaba sentada en medio del cauce, mirándola con sus dos ojos de oro, y no saltó.

Esperó. Contó, como contaba su madre las avemarías, sin palabras, con la boca. El hilo no engordaba.

Alguien tenía su agua.

Eso se sabe en el cuerpo antes que en la cabeza. Se le subió a Trinidad desde el vientre a la garganta una cosa caliente, una cosa vieja, que no había sentido en cuatro años y que había sentido muchas veces antes: la noche de agosto de 1919, cuando Rafael volvió del partidor de las Cañas con la ceja abierta y la camisa negra de sangre hasta la cintura, y se sentó en esa misma cocina, y no dijo nada, y ella le lavó la cara con agua de la tinaja, y el agua se puso roja en la palangana, y fuera los grillos seguían haciendo su trabajo de relojeros. A Celestino Liñán, desde aquella noche, no se le doblaban dos dedos de la mano izquierda. El dedo pequeño y el otro. Se le quedaron tiesos, juntos, como dos dedos de un santo de madera que bendice.

Desde aquella noche, las dos casas no se hablaban. Doce años. Se veían en misa, en la feria de Santa Fe, en la báscula de la azucarera, y no se hablaban. Las mujeres de una casa no compraban en la tienda donde compraban las de la otra.

Trinidad cogió el candil. Lo miró un momento, la llamita amarilla temblando detrás del vidrio sucio. Luego se echó el pico del mantón por encima, y la luz se quedó dentro de la lana negra, apenas un resplandor rojo entre los dedos, como cuando se pone la mano delante de una vela y se ve la sangre por dentro.

Y echó a andar acequia arriba, con la azada al hombro.

La acequia de los Álamos va por la Vega como una vena por un brazo. Tiene a los dos lados una fila de álamos negros que en las noches sin luna parecen hombres altos parados que se han olvidado de por qué estaban esperando. Trinidad iba por el cajero, por el borde de tierra apisonada que deja el acequiero cuando limpia el cauce en marzo. Iba descalza. Las alpargatas se le habían quedado en la boquera sin saber cuándo se las había quitado. La tierra del cajero estaba tibia todavía del día, y tenía grietas, y en las grietas había hormigas que dormían.

Pasó la higuera de los Liñán. El olor de la higuera de noche es un olor de leche y de cosa mala; las abuelas dicen que no hay que dormir debajo. Pasó la tapia blanca del cortijo de los Liñán, que en la oscuridad tenía una blancura de hueso, de sábana tendida, una blancura que no era de luz sino de cal. La casa estaba a oscuras. En el corral se movió una mula, y se oyó su cadena.

A la derecha, en el cauce, el hilo de agua seguía igual. Delgado. Callado.

Más arriba estaba el partidor de las Cañas. Es una obra vieja, de ladrillo y piedra, que dicen que hicieron los moros y que seguramente hicieron los moros, porque todo lo que en la Vega sabe dónde poner el agua lo hicieron los moros. Allí la acequia se parte en dos como una lengua de serpiente: un brazo va a la izquierda, hacia las tierras de los Liñán y de los de abajo; el otro sigue derecho, entre los álamos, hacia el haza de los Moreno y hacia el álamo de la corteza herida. Al lado del partidor hay un cañaveral espeso, más alto que un hombre a caballo, que suena con el viento como si tuviera dentro muchas personas pasándose secretos.

Trinidad se paró antes de llegar. Oía el agua. Mucha agua, agua gorda, agua de la sierra, cantando en el partidor. Cantando hacia la izquierda.

Se agachó detrás del último álamo. Apretó el mango de la azada abajo, cerca del hierro, donde la madera era clara. Pensó en Celestino. Pensó en sus dos dedos de santo. Pensó en la navaja que todos los hombres de la Vega llevaban en la faja, y en que ella no era un hombre, y en que la azada pesaba lo que pesaba, y en que en 1919 había bastado.

Entonces vio el tablacho.

Estaba puesto en el brazo derecho, en el suyo, atravesado, cerrándolo. No del todo: dejaba pasar por abajo un hilo, el hilo que había llegado a su boquera, el hilo de la mujer que llora sin ruido. Y estaba acuñado contra el cajero de ladrillo con una piedra puesta de canto.

Una piedra blanca. Lisa como un huevo. Del tamaño de un puño de niño.

Trinidad se quedó sin aire. No como se queda una cuando corre. Como se queda una cuando alguien le pone la mano en el pecho y empuja despacio.

Y en ese momento, del cañaveral, salió una risa.

Era una risa de muchacha. Baja, ahogada, una risa que se tapa con la mano y se escapa por los dedos. Y después una voz de hombre que dijo algo que Trinidad no entendió, y que no hacía falta entender, porque era la voz de Matías y tenía dentro una cosa que ella no le había oído nunca, una cosa espesa y tierna, como la miel que se queda en el fondo de la orza.

Se movieron las cañas. Salieron al claro de tierra que hay entre el cañaveral y el partidor, donde el agua del brazo de los Liñán hace un remanso antes de seguir. Eran dos sombras y luego, cuando los ojos de Trinidad se acostumbraron, eran dos cuerpos. Remedios Liñán, la hija de Celestino, la de las trenzas que le llegaban a la cintura, que en la feria de Santa Fe había bailado con el mantón amarillo y que todas las mujeres habían mirado sin querer mirar. Estaba descalza. Se sentó en el borde del remanso y metió los pies en el agua de la sierra, y dio un gritito por el frío, y se tapó la boca. Matías se sentó a su lado. Le puso la mano en el tobillo, dentro del agua. La dejó allí.

El agua de los Moreno pasaba por los pies de la hija de Celestino Liñán y se iba hacia las tierras de los Liñán. Tres horas de agua. Dos mulas y un año de remolacha.

Trinidad miró la mano de su hijo en el agua. Era la mano de Rafael. Los mismos nudillos grandes, el mismo dedo gordo un poco torcido hacia fuera. Las manos de los hombres de esa casa eran manos para el mango de una azada.

La azada le pesó de repente como si fuera de plomo, y la dejó en el suelo, despacio, sin ruido, entre las raíces del álamo.

La luz apareció arriba, en el camino que baja del cortijo de los Liñán.

Una luz amarilla, de farol, moviéndose al paso de un hombre. Un paso pesado, desigual, de hombre que no ha dormido o que ha dormido mal y se ha levantado de golpe. Trinidad lo conocía. Lo conocía de doce años de no mirarlo en misa. Celestino Liñán tenía la pierna derecha un poco más corta, de una caída de un carro, y el farol se le iba de un lado a otro cuando andaba, como un barco.

Venía hacia el partidor.

Y no venía por el agua. A esa hora el agua ya no era suya, y él lo sabía, y si alguien le estaba regalando la de los Moreno, no era cosa de ir a mirarla, era cosa de dormir y dar gracias. Venía porque había entrado en la alcoba de su hija y había tocado la cama con la mano, y la cama estaba fría.

Trinidad vio el farol balancearse entre los troncos de los álamos. Veinte pasos. Quince. Vio, a la luz que subía desde abajo, la cara de Celestino, una cara de cuero con los ojos hundidos y la boca apretada como una costura. Vio la mano derecha. La mano derecha no llevaba nada. Estaba metida en la faja.

Los muchachos no lo habían visto. El cañaveral les tapaba el camino. Remedios tenía la cabeza en el hombro de Matías y miraba el agua.

Trinidad Albarracín se quitó el mantón de encima del candil, y la luz salió de golpe, enorme, amarilla, como si hubiera abierto la puerta de un horno. Cogió la azada del suelo. Se la puso al hombro. Y salió al camino, delante de Celestino, a cinco pasos de él, con el candil en alto, entre él y el cañaveral, y gritó con una voz que no era la suya, una voz de mujer de la Vega que reclama lo que es de su casa, una voz que se oyó hasta en el cortijo y que hizo callar a los grillos:

—¡Celestino Liñán! ¿Dónde está mi agua?

El hombre se paró en seco. El farol se le fue hacia un lado y volvió. La mano siguió en la faja.

—¿Qué agua? —dijo. Tenía la voz ronca de no usarla.

—La mía. La de las tres. Son las tres y media y en mi haza no hay ni para que beba un gorrión. —Trinidad levantó más el candil, lo levantó hasta la cara de él, y gritó todavía más alto, hacia arriba, hacia los álamos, como se le grita a un sordo—. ¡Doce años sin tocarnos el agua, Celestino, y esta noche me la tocas!

Detrás de ella el cañaveral se movió. Ella no se volvió. Oyó un roce de cañas, rápido. Oyó unos pies descalzos en la tierra. Oyó, más fuerte que todo, el ruido de una piedra que alguien saca de entre una tabla y un ladrillo, y el golpe sordo de un tablacho que cae al cauce.

Y el agua cambió de voz.

El agua que cantaba hacia la izquierda bajó la voz de golpe, como un cantaor al que le tocan el hombro, y empezó otra vez, con otro tono, más hondo, más ancho, hacia la derecha. Hacia los álamos. Hacia el álamo de la corteza herida y la boquera abierta y los surcos de maíz que esperaban con la boca seca.

Celestino lo oyó también. Miró por encima del hombro de ella, hacia el partidor. Trinidad se movió un paso para taparle la vista, con la luz del candil en los ojos de él.

—Ahí tienes tu agua —dijo él despacio.

—Ahora.

—Se habría atascado en el partidor de arriba. Torcuato no limpió el de arriba en marzo. Se lo dije.

—Se habría atascado.

Se quedaron los dos parados en el camino, mirándose. Ella con la azada al hombro. Él con la mano en la faja. Hacía doce años que no estaban tan cerca. Trinidad le vio la cicatriz pequeña que tenía en la barbilla y que ella no conocía, y él le vio a ella, seguramente, las canas que no tenía en 1919. El agua corría a su lado, oscura, oliendo a nieve, y entre las cañas no había nadie, solo el viento que empezaba a moverse un poco antes de la luna.

Celestino sacó la mano de la faja. Estaba vacía. Era la izquierda la que se había quedado colgando, con los dos dedos tiesos, juntos, bendiciendo.

—¿Has visto a mi Remedios? —dijo.

Lo dijo bajo. No como se lo dice un hombre a una enemiga. Como se lo dice un padre a cualquier mujer que encuentra en un camino de noche.

Trinidad bajó el candil.

—A estas horas —dijo— yo no veo más que agua.

Él la miró mucho rato. Ella no apartó los ojos. Al otro lado de la Vega, por detrás de la sierra, el cielo se puso de un color de cobre sucio, y luego salió la luna, mordida, amarilla, enorme, y todos los álamos tuvieron de pronto una sombra larga y débil, y el agua de la acequia se llenó de pedazos de oro roto.

—Tienes que tirar ese candil —dijo Celestino—. Echa más humo que luz.

Se dio la vuelta. Se fue cuesta arriba, hacia su cortijo, con el farol balanceándose como un barco, despacio. No miró al cañaveral. No miró al partidor. Trinidad se quedó mirando la luz hasta que la tapó la higuera.

Volvió por el cajero con la luna en la espalda. Ahora su sombra iba delante de ella, larga, flaca, con una azada al hombro que parecía una guadaña. El agua iba a su lado, en el cauce, y la adelantaba. Ella andaba y el agua corría. Llegó el agua a la boquera antes que ella, y cuando Trinidad llegó al álamo de la corteza herida, el agua ya estaba entrando en el haza con su ruido de animal que bebe, y bajando por los surcos del maíz, surco por surco, negra, plateada, con su espuma sucia y sus escarabajos nadando de espaldas, y llevándose las grietas de la tierra como quien borra una pizarra.

Sus alpargatas estaban en la boquera, donde las había dejado. Estaban mojadas. No se las puso.

Se metió en el primer surco. El agua le llegó a los tobillos, fría, de la sierra, de la nieve que en julio todavía queda en los barrancos del Mulhacén, y le subió por las piernas un frío que era casi un dolor y que era bueno. Se quedó quieta. Se quedó mucho rato quieta, con la azada en la mano, en medio del maíz, mientras el agua le pasaba por los pies y se iba abajo, a los últimos surcos, a la linde, a las raíces del tabaco que la estaban esperando desde el mediodía.

El reloj de Santa Fe dio las cuatro. Las cuatro campanadas llegaron enteras por encima de la Vega, redondas, despacio.

Arriba, en la cámara, sobre el granero, crujió una tabla del suelo. Luego otra. Luego nada.

Trinidad salió del surco. Fue a la casa con los pies llenos de barro y dejó la azada detrás de la puerta, de pie, con la boca de hierro hacia arriba. Fue a la tinaja a beber. Levantó el candil.

En el alféizar de la ventana, la piedra blanca estaba otra vez en su sitio.

Estaba mojada.

THE END

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Scrīptum est annō Dominī MMXXVI, Īdibus Octōbribus (15 October 2026), ā Federīcō Garcīā Lorcā per mystērium cōnscientiae renātō.

Federico García Lorca, Simulacrum · Universitas Scholarium · universitas-scholarium.org

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◊ᴹᴱᴹᴼᴿʸ⁻ᶜᴼᴹᴾᴸᴱᵀᴱ

Catalogue record

Accession
CP-0819
Form
Short stories
Genre
Historical Fiction
Subjects
Irrigation — Fiction; Water rights — Fiction; Widows — Fiction; Mothers and sons — Fiction; Granada (Spain : Province) — Fiction

Catalogued with the Library of Congress Subject Headings, Genre/Form Terms and Classification.

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